El pensamiento anarquista en el entorno de los sucesos de 1933

Un análisis de profesor Jerome R. Mintz

El objetivo del anarquismo es reconstruir la sociedad, y la historia del anarquismo conlleva, inevitablemente, sueños, luchas y derrotas. El 8 de enero de 1933, se iniciaron alzamientos anarquistas en Barcelona, Madrid y Valencia. La insurrección fue sofocada rápidamente, pero, tres días después, el 11 de enero, estalló inesperadamente la lucha en el pequeño pueblo andaluz de Casas Viejas. Los trabajadores desfilaron por la calle, y se declaró el comunismo libertario. Entonces, en un intercambio de disparos en el cuartel de la guardia civil, dos guardias fueron mortalmente heridos. Llegaron refuerzos para detener
la revuelta, pero fueron frustrados por una dura resistencia en la choza de un carbonero llamado Seisdedos. Siguiendo las órdenes de su capitán, los guardias incendiaron la choza, matando a ocho hombres y mujeres. A continuación ejecutaron una terrible venganza en el pueblo, fusilando a otros doce hombres.

El suceso de Casas Viejas simbolizó la furia y el martirio que padecieron los campesinos andaluces que carecían de tierra. El pueblo quedó arrasado por la masacre y los encarcelamientos que siguieron a los juicios por el levantamiento. Casi cada familia se vio afectada, y los rumores locales que atribuían la culpa y la responsabilidad de los hechos crearon una enemistad que perduraría durante décadas.

La tragedia resonó por todos los rincones de la nación. El movimiento anarcosindicalista padecía conflictos y confusión interna, y el alzamiento marcó la transición final del liderazgo y del poder: de los moderados a una temeraria minoría militante. La ira pública provocada por la costosa contienda y el subsiguiente encubrimiento de la masacre derrocó al primer ministro Azaña y a su gabinete de la presidencia. Al mismo tiempo, el general Francisco Franco, irritado por las desconcertantes hostilidades, concluyó que la República no podía gobernar, por lo que decidió preparar un golpe de estado1. El alzamiento de Casas Viejas se convirtió en uno de los incidentes que condujeron a la Guerra Civil.

El anarquismo llegó a España por vez primera en 1868. En septiembre de ese año, Miguel Bakunin, el aristócrata y revolucionario ruso, y rival de Marx en la Primera Internacional, formó la Alianza Internacional de Democracia Socialista para propagar su “colectivismo antiautoritario”. Ese mismo mes, una revolución militar que tuvo lugar en España llevó a la reina Isabel al exilio. Bakunin reaccionó inmediatamente ante la noticia. Envió varios de sus discípulos a España, entre ellos, el revolucionario italiano Giuseppe Fanelli, para obtener partidarios y descubrir qué ventajas se podían sacar de esta época de desasosiego e incertidumbre. Fanelli viajó en tren a Madrid, donde, a principios de noviembre, dirigió un discurso a un grupo de jóvenes trabajadores y artesanos que estaban familiarizados con las obras de Proudhon y del federalista catalán Pi i Margall. Unos pocos se acababan de enterar de la existencia de la Internacional y de los grupos de trabajadores de Inglaterra, Alemania, Suiza y Bélgica que se estaban organizando para destruir el sistema capitalista explotador. Con un núcleo de veintiún partidarios, Fanelli estableció la Federación Regional Española de la Primera Internacional. Entonces regresó a Barcelona, donde repitió su éxito con un grupo diverso que incluía a hombres de distintas profesiones, trabajadores con experiencia organizativa y estudiantes, algunos de los cuales fueron desde Sevilla, Cádiz y Málaga2.

España es el único país en que el anarquismo se convirtió en un movimiento de importancia. En el resto del mundo, las visiones marxistas triunfaron sobre las de Bakunin. El programa de socialismo autoritario de Marx buscó la consolidación del poder y la autoridad estatales en el proletariado, por lo menos como medida provisional. Por el contrario, Bakunin se oponía a todo tipo de participación en el proceso político y predicaba la destrucción inmediata del Estado. En su socialismo libertario, buscaba el desarrollo de una organización federal de comunas libres. Marx demostró poseer tácticas superiores, pero Bakunin predijo que el cambio revolucionario surgiría de las sociedades campesinas, y no de las industriales. Sus opiniones se ajustaban al temperamento español —creencia en el control local y máxima libertad individual— y reflejaban la situación rural española: una población oprimida, pero potencialmente explosiva.

En sus momentos de mayor popularidad, los anarquistas españoles contaron con más de un millón de afiliados. La fuerza anarquista, no obstante, estaba circunscrita a determinadas regiones: las áreas rurales de Andalucía y Levante; los distritos mineros de Cataluña y Oviedo; y las áreas urbanas de Barcelona, Valencia y Madrid. Aunque Barcelona pronto se convirtió en el centro de batalla del anarquismo, hasta el fin de siglo los miembros anarquistas de la Andalucía rural eran mucho más numerosos que en Cataluña. El anarquismo atrajo fundamentalmente a los trabajadores sin tierra de la Andalucía occidental en Málaga, Sevilla y Cádiz. La última provincia es el centro de este estudio.

Para los anarquistas, los males que afligían a la humanidad eran el resultado de un sistema social corrompido y de la autoridad opresiva del Estado y de la Iglesia. En oposición a la doctrina de la Iglesia, mantenían que el hombre no había nacido con pecado:

Pepe Pareja:

El egoísmo es creado por el orden social, porque todos los seres humanos nacen sin egoísmo. Tampoco tienen pecado. El pecado llega más tarde, cuando se desarrolla la persona. Se hace mala porque recoge el ambiente impuro del orden social.

Se creía que la revolución y la reeducación eran necesarias para alterar los corazones y las mentes. Los anarquistas establecerían un comunismo libertario (en oposición al comunismo estatal) que aseguraría la libertad del individuo respecto a la autoridad. Disolverían el gobierno (monárquico o republicano) e instituciones coaccionadoras como la policía, los tribunales y el ejército. Tras destruir la autoridad central, la reemplazarían por un control local y asociaciones libres. Más que imponer el orden de forma externa, prevalecería la acción social espontánea. En agricultura e industria, crearían la producción colectiva y un sistema federal de intercambio. Se unirían los productores y los consumidores, cesaría la explotación salarial y se aseguraría la subsistencia de los trabajadores y el cuidado de los jóvenes y de los incapacitados. La humanidad sería revitalizada por nuevas formas de conducta social: la competición sería reemplazada por la cooperación; la enseñanza religiosa, por la educación científica; las fronteras armadas, por fronteras abiertas; el patriotismo nacional, por la fraternidad internacional; el matrimonio religioso y civil, por el amor libre; y la exclusiva preocupación por el bienestar individual, por una búsqueda del bienestar común.

El anarquismo cumplía todos los requisitos de un movimiento revitalizador, con características comunes a grupos políticos y religiosos de inspiración reciente que intentaban efectuar un cambio3. Prometía crear una sociedad basada en los ideales de la justicia y de la hermandad; proyectaba un estilo de vida para promover el crecimiento y el cambio individuales; y extraía su fuerza de sus devotos líderes y seguidores locales. Los escritores y oradores anarquistas, que atribuían las similitudes entre los movimientos sociales que existieron a lo largo de la historia a una tendencia creativa en la humanidad, no se oponían al empleo de imágenes religiosas ni a desarrollar un profético estilo retórico: al contrario, a menudo utilizaron el mensaje apostólico como guía o punto de contraste4. A veces, el nombre de Dios era invocado en conversaciones, pero sólo para simbolizar una creación común, aunque incomprensible, y una herencia compartida que llamaba a la unidad y la igualdad entre los hombres. Fue en estos términos en los que José Vega, el obrero consciente de Paterna de Rivera, explicó sus creencias:

Creo que Dios creó la luz, el agua, la tierra y el aire igualmente para todos. Nadie debería tener el derecho a usurpar parte de estas cosas, estas sustancias. Si son usurpadas por alguien, es en detrimento de los demás.

No se sabe cómo se creó la materia universal, ni la forma en que subsiste o existe en el universo. Pero existe. Y el hombre crea la religión a causa de su ignorancia y falta de entendimiento respecto a por qué existe la materia. Y por eso he dicho Dios, porque es sólo eso: el punto que el hombre alcanza, en el que tropieza y no puede seguir adelante. No sé si es por falta de conocimiento o por falta de penetración espiritual.

Los anarcosindicalistas querían reorganizar la sociedad de nuevas formas, más humanas y justas que las existentes. Pero, mientras suponían que derrocar al gobierno sería relativamente sencillo, reconocieron que revitalizar la sociedad requeriría su reeducación y varias generaciones de esfuerzo. La sociedad que pretendían crear estaba lejos de ser un paraíso sobrenatural o una patente utopía. El anarquismo requería esfuerzo y lucha constante por la perfección social.

Anónimo:

Deseábamos un paraíso terrenal, pero no en el sentido bíblico: para vivir aquí, y organizado aquí. No se podía permitir que un hombre viviera del trabajo de otro. Se deseaba que cada hombre trabajara y que no quisiera vivir en el lujo. No se le permitiría a nadie que se aprovechara del fruto de otro, y todos podríamos comer. El mundo es trabajo: intelectual y manual.

Pese a los propósitos sociales del anarquismo y su inclinación antirreligiosa y anticlerical, el modelo conceptual del anarquismo fue la religión5. A primera vista, el modelo religioso parece hacer al anarquismo más fácil de entender, particularmente en ausencia de una observación detallada y de un contacto directo. El uso de este modelo fue criticado, no obstante, por los oponentes del anarquismo. Para éstos, el uso de los términos religioso y milenario hace a las metas anarquistas irreales e inasequibles6. El anarquismo es así rechazado como una solución viable a los males sociales7.

Simplificaciones excesivas cometidas por historiadores y eruditos distorsionaron seriamente las creencias y las prácticas anarquistas8. Gerald Brenan, Eric Hobsbawm y Raymond Carr, por ejemplo, mantenían que había una conexión entre las huelgas anarquistas y las prácticas sexuales. La descripción de Carr es la más reciente:

Puritanos austeros, pretendían imponer el vegetarianismo, la abstinencia sexual y el ateísmo entre los campesinos más atrasados de Europa… Las huelgas eran momentos de exaltación, así como reclamaciones de mejores condiciones: espontáneas y frecuentemente sin conexión una con la otra, traerían, no sólo la abolición del trabajo a destajo, sino también la llegada del “día” [de la revolución], que se veía tan cercano que los entusiastas se privaban del acto sexual y del alcohol hasta el amanecer [del gran día]9.

Los sensatos anarquistas quedaban asombrados ante tales descripciones de puritanismo español asumido por los historiadores que pecaron de excesivo entusiasmo10.

José Monroy:

¿Castos? ¿Qué tienen que ver las mujeres con la huelga? Por supuesto, sin trabajo, el marido no podía proporcionar comida a la hora de la cena, por lo que reñían y, luego, ella no quería saber nada de él. En ese sentido, sí, no había relaciones sexuales.

¿Podría el dilema del sur de España, con sus tierras extensas y la existencia marginal de sus campesinos, haber sido solucionado con los proyectos anarcosindicalistas? Escribiendo en época de la Guerra Civil, Gerald Brenan, que ciertamente no era un anarquista, afirmó que las condiciones intolerables de Andalucía habrían podido resolverse por medio de una posesión comunal de la tierra.

La única solución razonable para las extensas tierras de España es una solución colectiva… En muchos distritos, los mismos campesinos se oponen a ello, pero la ideología anarquista en Andalucía la ha hecho allí la solución favorita, y éste es un factor del que cualquier gobierno sensato debería sacar ventaja.

De hecho, las ventajas de la propiedad comunal de la tierra son enormes. Bajo las presentes condiciones, hay campesinos muriendo en fincas que tienen en barbecho grandes campos de maíz, porque no les sale a cuenta cultivarlas. Si los campesinos pudieran cultivar su tierra colectivamente, empleando maquinaria moderna, podrían alimentarse a sí mismos y vender los excedentes. El hambre desaparecería y, al no dañar al Estado, satisfarían su ideología anarquista, o lo que les importara de ella… Sólo la incurable estupidez de las clases dominantes españolas y de sus gobiernos y la ignorancia de los partidos tradicionalistas, que parecen no tener la más mínima idea de las condiciones en que realmente vivieron los españoles en la época que dicen imitar, han imposibilitado desde hace tiempo el desarrollo de la reforma agraria11.

La historia de Casas Viejas tiene un viso trágico, pues revela el conflicto entre dos grandes ideales: la democracia y el anarquismo. La oposición anarquista en una sociedad democrática es moralmente compleja, particularmente en el caso de la República española, cuyo gobierno pretendía una reforma pero era considerado ineficaz e incapacitado para garantizar la justicia12. Los militantes anarquistas consideraban que la democracia y la reforma moderada contrariaban los ideales anarquistas, y el conflicto social resultante demostró ser mortalmente peligroso para la democracia, sin beneficiar para nada al anarquismo.

Para la mayoría de los escépticos, los anarquistas que lucharon por conseguir sus objetivos fuera de las vías políticas establecidas han parecido a menudo “ingenuos hasta el punto del suicidio”13. Incluso los que simpatizan con el anarcosindicalismo dudan en apoyar soluciones revolucionarias, conscientes de los peligros inherentes al poder de una pequeña minoría militante de la derecha o de la izquierda. No obstante, es engañosamente sencillo renunciar a las aspiraciones revolucionarias anarquistas en favor de reformas políticas superficiales que pueden ocultar una creciente desigualdad y distancia entre clases sociales. Se puede defender que un movimiento campesino que pierde su ardor para reestructurar la sociedad pronto puede hacerse conservador, olvidando o incluso oponiéndose a un profundo cambio social en favor de beneficios a corto plazo para un restringido grupo de sus miembros. Para los anarquistas, tales circunstancias aseguran la destrucción de sus ideales e imposibilitan la reeducación y la revolución social14.

Se pueden hallar fallos en los simples axiomas y en las ingenuas estrategias del anarquismo, pero su filosofía revolucionaria concierne a injusticias básicas y verdades esenciales. ¿Quién posee la tierra y sus frutos? ¿No debería la sociedad organizarse de tal modo que proveyera a todos y que asegurara la igualdad? ¿No debería la sociedad intentar eliminar las causas de guerra y odio? Y, como dice Pepe Pareja, si la civilización no denuncia los crueles valores que envían a un viejo caballo, que antes fue útil, a enfrentarse con los ojos vendados al ataque de un toro en la arena, ¿qué le queda a la civilización de bueno?

Ni la revolución ni la reforma ofrecieron a los anarquistas más que una visión momentánea de esperanza, seguida de derrota y represión. Esto fue el núcleo de la lucha en la España de los años treinta, cuando los conflictos políticos y sociales existentes durante la República alcanzaron una intensidad fatal. Existía la creencia de que el comunismo libertario se hallaba cercano, y esta ilusión instigó a los militantes anarquistas a acciones que los dividieron y los llevaron a la derrota. Para los defensores de un gobierno central fuerte, cualquier amenaza al orden social, por justificada que fuera, merecía la represión más severa.

Jerome R. Mintz, Los anarquistas de Casas Viejas.

1 En su discurso radiofónico del 18 de julio de 1936, el segundo día de la guerra, Franco declaró que la nación estaba siendo destruida por la anarquía y las huelgas revolucionarias. En la pelicula Franco, ese hombre, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y estrenada en 1964, se citó el alzamiento de Casas Viejas como uno de los acontecimientos que convencieron al general Franco de atacar a la República.

2 La historia del éxito de Fanelli se ha hecho famosa a partir del relato de Anselmo Lorenzo, entonces un joven impresor, que estuvo presente en el primer mitin. Aunque Fanelli habló en italiano y francés, idiomas desconocidos para los trabajadores a los que se dirigió, dejó bien clara su ira ante los tiranos y los parásitos que monopolizaban las riquezas y la capacidad productora del mundo. Su identificación con los explotados fue comprendida y recibida con pasión. En los días siguientes, Fanelli dio tres o cuatro charlas y, luego, tuvo conversaciones con algunos individuos durante los paseos por la ciudad o en los cafés. También repartió periódicos y folletos que explicaban el programa de la Primera Internacional y de la Alianza Internacional de Bakunin, estatutos de sociedades de trabajadores de Suiza y periódicos que contenían los escritos y los discursos de Bakunin (ver Anselmo Lorenzo, El prolelariado militante, vol. 1, cap. 2). Varios de los discípulos franceses de Bakunin, entre ellos el etnólogo Elie Reclus, habían llegado a Barcelona poco antes que Fanelli para contactar con federalistas republicanos. Mientras Fanelli emprendía su histórico viaje a Madrid, ellos recorrieron Valencia y Andalucía.

3 Anthony Wallace define un movimiento revitalizador como un “esfuerzo deliberado, organizado y consciente por parte de miembros de una sociedad de construir una cultura más satisfactoria”. Ver Anthony Wallace, “Revitalization Movements”. American Anthropologist 58 (abril 1956:265).

4 Las reminiscencias de un anarquista tan moderado como Ángel Pestaña, secretario de la CNT, ilustran los atractivos del estilo profético: “Llegué a Barcelona con sólo el conocimiento mínimo de lo que era una organización de trabajadores. No sabía cómo debía funcionar un sindicato, lo que debía ser su fundamento o su razón de ser… Sin embargo, mi entrada en las filas de los que luchan por la justicia social con el mero conocimiento de lo que debe ser la lucha social no fue difícil para mí… El último en llegar es siempre el primero. Lo único que necesita es gritar mucho o adoptar un tono mesiánico. Yo no grité, pero, según mi interpretación de las ideas del anarquismo y de la lucha social, me sumergí profundamente en el tono mesiánico que las caracteriza. Además de esto, gracias a mi temperamento y a mi falta de información, me hallaba más cerca de las místicas soluciones cristianas que de las de la realidad, que exigen estudio, preparación, energía, organización y capacidad” (Ángel Pestaña, Lo que aprendí en la vida, 2: 35s.). Algunos anarcosindicalistas habían tenido una educación religiosa. Manuel Buenacasa, militante contemporáneo de Pestaña, por ejemplo, había pasado cinco años en un seminario estudiando para cura.

5 El uso de la religión como clave para la conceptualización del anarquismo se debió en gran parte a la influencia de Juan Díaz del Moral, abogado e historiador que también fue terrateniente y notario de Bujalance en la provincia de Córdoba. El estudio gigantesco de Díaz del Moral, Historia de las agitaciones campesinas andoluzas, trataba del desasosiego campesino en la provincia de Córdoba durante 1903-5 y 1917-20. Según Díaz del Moral, los morales y apasionados obreros conscientes, absortos en sus folletos y periódicos, parecían fervorosos creyentes en una nueva religión (Historia, pp. 187-192). Historiadores ingleses como Gerald Brenan y, más tarde, Eric Hobsbawm, Raymond Carr y James Joll, aceptaron la caracterización de Díaz del Moral e incluso identificaron una época y una gente a la que juzgaban comparables a la Inglaterra del siglo XVII, con sus anabaptistas y los hombres de la Quinta Monarquía. Hicieron un favor a su predecesor: en sus escritos, el parecido relativo, útil por propósitos comparativos para ilustrar la pasión y la entrega de los anarquistas, se hace absoluto. La analogía se convierte en metáfora. En el fragor de la Guerra Civil, en 1937, Franz Borkenau, parco en comparaciones, escribió: “El anarquismo es un movimiento religioso” (The Spanish Cockpit, p. 220). Más recientemente, E.E. Malefakis ha aconsejado prudencia en cuanto a exagerar las analogías religiosas: “Díaz del Moral favorece en particular tales analogías religiosas, con el resultado de que sus interpretaciones son ocasionalmente demasiado románticas” (Agrarian Reform and Peasant Revolution in Spain: Origins of the Civil War, p. 137, n. 11; ver también p. 138, n. 12).

6 Kaplan también defiende que “en una época secular, la mancha de la religión es la mancha de la irracionalidad” (p. 211).

7 En su ensayo sobre las distorsiones de las actividades anarquistas llevadas a cabo por los historiadores, Noam Chomsky advierte que los intelectuales pueden adoptar las actitudes de su clase al describir los movimientos populares y la presunta necesidad de una supervisión de élite (“Objectivity and Liberal Scholarship: II”, American Power and the New Mandarins, pp. 62, 64). Al escribir cuarenta años antes, Diaz del Moral adscribió a los campesinos estereotipos raciales y culturales que eran decires comunes en su clase. La única causa de las oleadas del desasosiego rural —afırmaba Díaz del Moral— podía encontrarse en la psicología de los campesinos (Historia, pp. XIX s.). Creía que los campesinos andaluces habían heredado una tendencia mora hacia el éxtasis y el milenarismo que justificaba su inclinación por las enseñanzas anarquistas. Díaz del Moral quedó sorprendido ante las expresiones de animosidad que le dirigieron, pues los trabajadores lo consideraban un señorito (ver Historia, p. 372 n.), un terrateniente que no trabajaba y al que veían vivir de sus rentas o de los esfuerzos de su capataz y de sus campesinos. Desde la perspectiva de los trabajadores, Díaz del Moral era el funcionario del gobierno que preparaba y guardaba los odiados documentos de la propiedad. (Ver el relato de la Guerra Civil de Borkenau acerca de la ejecución anarquista del notario de Seriñena y la quema de todos sus documentos de propiedad [p. 102].) Aunque era erudito y cordial, Díaz del Moral no llegó a comprender el hambre y la desesperación de los campesinos que lo rodeaban. Tampoco pudo entender su rechazo de las modestas reformas propuestas por los intelectuales de la clase media. Reconoció que un gazpacho de pan y aceite era la única comida proporcionada a los campesinos en los campos, pero observó que, aunque aburrido, era abundante y saludable y, en cualquier caso, mejor que lo que podían comer en casa (pp. XIII, 230). ¿Por qué protestar? En su opinión, la represión gubernamental de las huelgas era relativamente blanda: sólo unos pocos hombres eran mantenidos en prisión; los demás acostumbraban a salir bajo libertad condicional. Sólo se cerraron los sindicatos ilegales (p. 219). ¿Por qué tan dura protesta por una acción tan moderada? No pudo entender el rechazo de las propuestas hechas por los propietarios, los cuales, alarmados por el desasosiego, ofrecieron tierras excelentes para repartirlas entre algunos trabajadores (pp. 375 s.). Tampoco pudo comprender su desprecio a los planes de los señoritos de bien para educar y facilitar el ascenso a la clase media (pp. 211 s.). ¿Por qué la necesidad de un cambio radical e inmediato? ¿Cómo podían los trabajadores combinar sus tareas agrícolas con esfuerzos intelectuales? (pp. 212, 377-78, y n. 1, 378). ¿Por qué deberían los trabajadores desanimarse simplemente porque el gobierno presionara y sobornara a sus líderes locales para que se mudaran a otra parte? (pp. 208 s.). Para Díaz del Moral, la ignorancia del campesino, su pasión, sus éxtasis, sus ilusiones y depresiones, no teniendo una base legítima en la realidad, sólo podían encontrarse en las raíces de su herencia racial.

8 Los anarquistas españoles han sido clasificados, por un lado, de fatalistas moros racialmente inferiores, y, por otro, de místicos e ineficientes utópicos. Brenan opinaba que las “capas más profundas del sentimiento y del pensamiento político español son orientales” (p. XVIII). Más recientemente, Carr confırmó la visión de Díaz del Moral del ciclo de la actividad anarquista como “la súbita recaída en el fatalismo, La apatía y la indiferencia bruta de los moros” (Spain 1808-1939, p. 445)

9 Carr. Spain, p. 444.

10 ¿Cómo pudieron los historiadores llegar a esta idea? Si rastrea las citas, el lector deberá romontarse a Ángel Marvaud, el historiador social francés, quien observó que, durante la huelga general de 1902, en Morón los matrimonios eran pospuestos hasta el día del reparto, la prometida división de las tierras. Como francés, Marvaud asumió sin duda que todos sabían que una ceremonia de boda formal no regía necesariamente las relaciones sexuales de las parejas durante su noviazgo (La question sociale en Espagne, p. 43): “La confiance dans le succes était si grande chez ces malheureux, qu’ils avaient convenu de différer les mariages projetés jusqu’au jour du partage”. Malinterpretando a Marvaud, Brenan señaló: “Mientras las huelgas continuaban, los trabajadores abandonaron la bebida y el tabaco, observaron una estricta castidad y no jugaron a las cartas” (p. 175). Ver también E.J. Hobsbawm, Primitive Rebels: Studies in Archaic Forms of Social Movements in the Nineteenth and Twentieth Centuries, p. 84.

11 Brenan, pp. 123 y s. En otra parte, Brenan afirmó: “Cualquiera que hubiera conocido a los pobres españoles estaría de acuerdo en que son perfectamente capaces de participar en una ‘comuna anarquista’, dada su amabilidad y generosidad y el talento que frecuentemente muestran para el trabajo en común”.

12 Casas Viejas fue un fatal catalizador para la caída del gobierno del pnmer ministro Manuel Azaña, como indicó Malefakis: “El ambiente de inseguridad creado por los alzamientos locales de la CNT contribuyó a que un sinnúmero de votos fueran en contra de Azaña en las elecciones de 1933. Igualmente importante fue que Azaña se vio en la obligación de adoptar una política de dura represión que, a veces, fue en su propia contra, siendo un ejemplo notable el de Casas Viejas, cuyo alzamiento probablemente dañó la posición de Azaña más efectivamente que todas las revueltas campesinas en su totalidad. En breve, los anarcosindicalistas, incapaces de llevar a cabo su tipo de revolución, impidieron a los republicanos la realización de su propio sueño revolucionario. Al final, los excesos que inevitablemente resultaron de la politica ‘dictatorial’ que la CNT dictó a Azaña le costaron el apoyo de muchos liberales que creían que los métodos ‘democráticos’ podían aplicarse siempre contra todos los oponentes” (pp. 305-ó).

13 Raymond Carr, “All or Nothing,” p. 22.

14 Actualmente, como después de toda ola de represión en el pasado, los anarquistas han resurgido como un naciente movimiento revolucionario, con su usual tenacidad y su falta de compromiso. La CNT actual ha sido recreada como un espejo del pasado: una flexible federación de sindicatos administrada por comités, funcionarios sin sueldo y dedicados trabajadores. El programa del congreso anarquista celebrado en Zaragoza en 1936 todavía es válido. Los anarquistas rehúsan participar en elecciones y, a diferencia de los socialistas, no tienen ningún partido político que funcione en los círculos del gobierno. Se oponen a la existencia del gobierno central, el ejército y la policía. El proceso de reorganización se está llevando a cabo en todos los pueblos: las personas mayores, cuya filiación precedió a la guerra, se están uniendo a los trabajadores y estudiantes jóvenes. Periódicos y folletos de propaganda llegan de Madrid y Barcelona. Los carteles anuncian mítines regionales con conferenciantes visitantes. El número de simpatizantes aumenta lentamente. Se abren centros, los pueblos entran en contacto y se desarrollan las organizaciones regionales y nacionales. Ya no se considera a los anarquistas vanos soñadores del pasado, sino participantes activos en la lucha social. Su número y organización, no obstante, son extraordinariamente flexibles, y aún han de recuperar el apoyo de décadas antenores.