Los anarquistas de Casas Viejas: la narración de los hechos

Probablemente, el relato más completo de los Sucesos de 1933 en Casas Viejas es el que realiza Jerome R. Mintz en su libro ‘Los Anarquistas de Casas Viejas’.

En el año 2000, la Fundación Provincial de Cultura de la Diputación de Cádiz organizó una exposición en torno a dichos Sucesos sobre el soporte de las fotografías de Serrano y Sánchez del Pando, cedidas por la la Hemeroteca Municipal de Sevilla. De esta exposición es producto el resumen de dicho libro:

Los anarquistas de Casas Viejas

Jerome R. Mintz

Introducción

El objetivo del anarquismo es reconstruir la sociedad, y la historia del anarquismo conlleva, inevitablemente, sueños, luchas y derrotas. El 8 de enero de 1933, se iniciaron alzamientos anarquistas en Barcelona, Madrid y Valencia. La insurrección fue sofocada rápidamente, pero, tres días después, el 11 de enero, estalló inesperadamente la lucha en el pequeño pueblo andaluz de Casas Viejas. Los trabajadores desfilaron por la calle, y se declaró el comunismo libertario. Entonces, en un intercambio de disparos en el cuartel de la guardia civil, dos guardias fueron mortalmente heridos. Llegaron refuerzos para detener la revuelta, pero fueron frustrados por una dura resistencia en la choza de un carbonero llamado Seisdedos. Siguiendo las órdenes de su capitán, los guardias incendiaron la choza, matando a ocho hombres y mujeres. A continuación ejecutaron una terrible venganza en el pueblo, fusilando a otros doce hombres.

El suceso de Casas Viejas simbolizó la furia y el martirio que padecieron los campesinos andaluces que carecían de tierra. El pueblo quedó arrasado por la masacre y los encarcelamientos que siguieron a los juicios por el levantamiento. Casi cada familia se vio afectada, y los rumores locales que atribuían la culpa y la responsabilidad de los hechos crearon una enemistad que perduraría durante décadas.

La tragedia resonó por todos los rincones de la nación. El movimiento anarcosindicalista padecía conflictos y confusión interna, y el alzamiento marcó la transición final del liderazgo y del poder: de los moderados a una temeraria minoría militante. La ira pública provocada por la costosa contienda y el subsiguiente encubrimiento de la masacre derrocó al primer ministro Azaña y a su gabinete de la presidencia. Al mismo tiempo, el general Francisco Franco, irritado por las desconcertantes hostilidades, concluyó que la República no podía gobernar, por lo que decidió preparar un golpe de estado. El alzamiento de Casas Viejas se convirtió en uno de los incidentes que condujeron a la Guerra Civil.

(En su discurso radiofónico del 18 de julio de 1936, el segundo día de la guerra, Franco declaró que la nación estaba siendo destruida por la anarquía y las huelgas revolucionarias. En la película Franco, ese hombre, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y estrenada en 1964, se citó el alzamiento de Casas Viejas como uno de los acontecimientos que convencieron al general Franco de atacar a la República). (…)

¿Podría el dilema del sur de España, con sus tierras extensas y la existencia marginal de sus campesinos, haber sido solucionado con los proyectos anarcosindicalistas? Escribiendo en época de la Guerra Civil, Gerald Brenan, que ciertamente no era un anarquista, afirmó que las condiciones intolerables de Andalucía habrían podido resolverse por medio de una posesión comunal de la tierra. (…)

La única solución razonable para las extensas tierras de España es una solución colectiva… En muchos distritos, los mismos campesinos se oponen a ello, pero la ideología anarquista en Andalucía la ha hecho allí la solución favorita, y éste es un factor del que cualquier gobierno sensato debería sacar ventaja. (…)

La historia de Casas Viejas tiene un viso trágico, pues revela el conflicto entre dos grandes ideales: la democracia y el anarquismo. La oposición anarquista en una sociedad democrática es moralmente compleja, particularmente en el caso de la República española, cuyo gobierno pretendía una reforma pero era considerado ineficaz e incapacitado para garantizar la justicia. Los militantes anarquistas consideraban que la democracia y la reforma moderada contrariaban los ideales anarquistas, y el conflicto social resultante demostró ser mortalmente peligroso para la democracia, sin beneficiar para nada al anarquismo.

(Casas Viejas fue un fatal catalizador para la caída del gobierno del primer ministro Manuel Azaña, como indicó Malefakis: “El ambiente de inseguridad creado por los alzamientos locales de la CNT contribuyó a que un sinnúmero de votos fueran en contra de Azaña en las elecciones de 1933. Igualmente importante fue que Azaña se vio en la obligación de adoptar una política de dura represión que, a veces, fue en su propia contra, siendo un ejemplo notable el de Casas Viejas, cuyo alzamiento probablemente dañó la posición de Azaña más efectivamente que todas las revueltas campesinas en su totalidad. En breve, los anarcosindicalistas, incapaces de llevar a cabo su tipo de revolución, impidieron a los republicanos la realización de su propio sueño revolucionario. Al final, los excesos que inevitablemente resultaron de la política ‘dictatorial’ que la CNT dictó a Azaña le costaron el apoyo de muchos liberales que creían que los métodos ‘democráticos’ podían aplicarse siempre contra todos los oponentes” (pp. 305-6). (…)

Ni la revolución ni la reforma ofrecieron a los anarquistas más que una visión momentánea de esperanza, seguida de derrota y represión. Esto fue el núcleo de la lucha en la España de los años treinta, cuando los conflictos políticos y sociales existentes durante la República alcanzaron una intensidad fatal. Existía la creencia de que el comunismo libertario se hallaba cercano, y esta ilusión instigó a los militantes anarquistas a acciones que los dividieron y los llevaron a la derrota. Para los defensores de un gobierno central fuerte, cualquier amenaza al orden social, por justificada que fuera, merecía la represión más severa. (…)

XII La insurrección. Preparativos en Casas Viejas

A finales de 1932, el centro obrero de Casas Viejas convocó nuevas elecciones de representantes. José Monroy estaba contento de dejar de ser presidente, y se nombró a Francisco Gutiérrez Rodríguez, un campesino apodado Currestaca, como susucesor.

José Monroy:

Currestaca era muy tosco. Quería que continuara como presidente. Yo había terminado mi misión de seis meses y tenía que ganarme el pan. Los asuntos del sindicato ocurrían de noche y, de noche, tenía que cuidar las cabras. Como no tenía tierras, tenía que meterlas furtivamente en tierras ajenas para que pastaran. Por eso le dije: “Te aconsejaré, y tú nos representas; pero yo no puedo hacerlo, porque tengo que ganarme la vida”.

Sin embargo, los acontecimientos de enero de 1933 se produjeron tan rápidamente que Monroy se vio forzado a permanecer como líder del sindicato.

Hacia finales del año, el delegado del comité de defensa nacional del distrito de Jerez trajo noticias de los planes para el alzamiento. (…)

Mientras las noticias de la radio informarían a los hombres en las ciudades sobre cuando ir a la huelga, los de las poblaciones más pequeñas, al tener menos acceso a la electricidad, deberían confiar en la evidencia visual, como habían hecho las generaciones anteriores. En una clara noche andaluza, los pueblos y ciudades de la parte sur de la región, situados en las cimas de las colinas y junto a la costa, son tan visibles como las distantes estrellas. Las luces serían la señal para alzarse. Manuel Llamas explicó: “El plan era cortar los cables de alta tensión de Jerez. Cuando se apagaran las luces, sabríamos que le movimiento había triunfado, por lo que empezaríamos en Medina”. Con las luces de las ciudades apagadas, los hombres de Medina Sidonia enviarían una señal a los de Casas Viejas encendiendo una hoguera en el castillo en ruinas que se hallaba en lo alto de Medina Sidonia.

José Monroy:

Sopas trajo instrucciones para la revolución que estaba a punto de empezar. Me dio las órdenes: debíamos empezar la revolución cuando dieran la señal de Medina. Lo supimos con más de cuatro días de antelación, pero no hicimos nada para prepararnos. No había nada que preparar. Todos los hombres tenían armas, porque todos vivíamos de la caza. Sólo esperábamos la fecha definitiva. Provisionalmente, el día once saldríamos a la calle.

No estoy a favor de la violencia. Pero si alguien te está estrangulando, tienes que emplear la fuerza para detenerlo. Si hay que hacerlo, se hace. Pero nunca me gustó la violencia.

Los otros miembros del sindicato no sabían nada de los planes. El comité de defensa puso especial empeño en mantener silencio respecto a estos asuntos en presencia del impetuoso Gallinito. En opinión de José Monroy, “ no sabía nada. No se merecía nuestra confianza. Podía hacer alguna tontería y provocar nuestra perdición”.

(…) La noche del 8, en Madrid, Arturo Menéndez, director general de seguridad, convocó una reunión de los jefes de la fuerza de seguridad y decretó órdenes severas:

Acababa de estallar un movimiento revolucionario de carácter anarquista, de extraordinaria violencia, que pudiera poner en peligro a la república, lo cual obligaba a la fuerza a emplear la mayor energía frente a todo acto de rebeldía que se presentase y que en consecuencia se empleasen las armas de fuego sin contemplación alguna contra aquellos de los revoltosos que las empleasen a su vez contra la fuerza y que culminase este rigor contra los que atentaran con armas o materias explosivas contra los agentes de la autoridad o realizaran actos de sabotaje en los servicios públicos. (Diario de sesiones de las Cortes Españolas, 15 de marzo, 1933, nº 311, pp. 118-127)

Las órdenes eran insólitas, pues normalmente se aconsejaba a las fuerzas de seguridad que evitaran emplear sus armas para apaciguar brotes de violencia pública, excepto en casos extremos. (…)

Los ataque anarquistas fueron un fracaso desde el principio. Aunque hubo escaramuzas sangrientas, estaban muy lejos de formar un movimiento revolucionario. El pueblo en general, en vez de responder a la llamada a la revolución cerró sus puertas.

Las primeras horas en Casas Viejas

Como los planes del levantamiento no se habían comunicado a los miembros de base, cuando empezó la insurrección en Barcelona el 8 de enero, los miembros del sindicato de Casas Viejas tenían otros asuntos en mente. (…) Los ataques principales, que tuvieron lugar en puntos aislados fueron controlados rápidamente por las fuerzas armadas. A pesar de todo, esporádicas escaramuzas seguían ocurriendo en diversos puntos. A lo largo de la jornada del 10, Arturo Menéndez, director general de seguridad en Madrid, recibió llamadas telefónicas de alcaldes de la provincia de Cádiz por las que le informaban de huelgas anarquistas o focos de violencia de distintos grados surgidos en Jerez, Cádiz, Sanlúcar, San Fernando, Chiclana, Algeciras, Alcalá de los Gazules y Arcos de la Frontera. Sin embargo, estas rebeliones no alcanzaron proporciones significativas

En la mañana del 10 de enero, en Medina Sidonia, Manuel Llamas, el dirigente faísta local, se impacientó por la falta de información y por la inexistencia de una orden directa para unirse a la revolución.

Manuel Llamas:

Fui a Jerez para ver si iba a haber una huelga general. No pude acercarme a la sede de la organización a causa de la policía. Me encontré a un compañero en la calle que me pasó una nota. El mensaje no llevaba el sello de la organización como medida de protección. La nota decía: “A las 10 de la noche, con todas las consecuencias”. Llevé la nota de Jerez a Medina. La entregué a Osorio, rogándole que la llevara a Casas Viejas y la pasara a los responsables de allí. Osorio llevó la nota a Casas Viejas. Osorio también estaba en la FAI, en el mismo grupo que yo.

A media tarde del 10, Osorio llegó a Casas Viejas con el mensaje que le había dado Manuel Llamas. Entregó la nota a Juan Sopas. (…)

A media tarde, Villarubia el joven secretario del sindicato de Casas Viejas, regresó de trabajar en el campo. Fue al centro para leer los informes contradictorio del progreso de la huelga (…)

Ninguno de los sindicalistas tenía una radio para oír las últimas noticias, pero, por lo menos, tenían acceso a una radio en el pueblo. Por la tarde, el profesor de la escuela, Manuel Sánchez traía su radio a la escuela, donde todos podían oírla:

Andrés Vera:

Recuerdo que la noche anterior estaba con el profesor de la escuela, quien tenía una radio, en la que oí que el movimiento había fracasado. El aula estaba justo enfrente del sindicato, y recuerdo que uno de los dirigentes vino a escuchar. Pero no creyeron las noticias. Creían que los estaban engañando.

Esa tarde, el centro se llenó de excitados campesinos que deseaban enterarse del desarrollo de la revolución. (…)

Gallinito urgió a los hombre a unirse a la revolución. Pepe Pilar recordó que “Gallinito influyó a la gente esa noche. Chilló: “¡Marchemos!, ¡marchemos!”. Y Manuel Legupín confirmó: “Gallinito declaró: ‘prefiero morir luchando que morir de hambre‘”.

Sin embargo, Villarubia habló con fuerza:

Dije: “¿Queréis convertiros en mártires? ¿ No comprendéis que la huelga en Zaragoza ha terminado? ¿ Cómo entonces vamos a empezar una revolución armada aquí? ¿ No os dais cuenta de que es imposible? (…)

Cuando se disolvió el mitin, los hombres se reunieron en la parte alta del pueblo, al borde del cerro, a esperar la señal luminosa. Una escena similar se estaba produciendo en Medina. Los ojos también estaban allí vueltos hacia el norte, hacia Jerez. La señal de ataque en Medina significaría la destrucción de los generadores de Jerez y el consiguiente apagón en la ciudad. (…) Pero mientras los hombres esperaban impacientemente, un destacamento de guardias civiles que iban a Jerez entró en Medina y pasó varias horas allí. Su presencia causó el pánico entre los campesinos. El asalto fue rápidamente abortado y los campesinos huyeron al campo circundante. Entre la confusión y la huida repentina, obligaron sus obligaciones con Casas Viejas.

(…) Por la noche, el campo está tan oscuro como el mar y sopla un viento húmedo. Los hombres escudriñaban la oscuridad en dirección a Medina Sidonia. Como recordó José Monroy, “era invierno y la noche era oscura. A veces, las luces parecían apagadas, pero luego parecían encendidas otra vez. En invierno, no se ve muy bien”.

En Casas Viejas, el impulso de unirse a los compañeros en las barricadas era irresistible. José Monroy dio instrucciones a sus compañeros de empezar el asalto del pueblo:

No les podía decir más de lo que me habían dicho: que el comunismo libertario vendría el día de mañana. Les informé a donde tenían que ir. Dije que no fuera nadie a trabajar al campo. Estábamos en huelga. Envié algunos hombres a pedir a los que estaban fuera del pueblo que regresaran. Envié hombres a lugares estratégicos, donde pasa la gente al salir al campo. Les dije que íbamos a ganar el movimiento. Estábamos preparados para ello. “Tomada las armas y haced lo que sea necesario.”

Juan Sopas también habló. Él les aconsejó: “No abuséis de la gente. Comportáos. No molestéis a nadie. Si entráis en las tiendas, no toquéis nada. No es necesario.” (…)

Lo primero era aislar al pueblo. Cortaron los cables telefónicos, entre el pueblo y Medina y Alcalá. Al mismo tiempo, enviaron a algunos hombres a cavar una fosa para impedir que los coches entraran en el pueblo. A otros los enviaron a vigilar los cruces y los caminos que llevan a Casas Viejas. Otro grupo fue asignado a rodear los cuarteles de la guardia civil. (…)

Si fracasara la insurrección, los hombres apostados para intercambiar disparos con la guardia civil serían los que sufrirían el peor castigo. Dos miembros de la familia de Seisdedos. Su hijo y su yerno, se encontraban en la situación más expuesta y peligrosa del alzamiento. Seisdedos, el viejo carbonero, tenía entonces casi setenta y tres años y no participó en el levantamiento. Como afirmó Juan Pinto, “Seisdedos no estaba en la calle. Estaba en la casa durante el suceso”.

XIII El alzamiento de Casas Viejas. El ataque a los cuarteles

A principios de enero amanece tarde, hacia las siete; los excitados campesinos ya estaban desfilando por la calle antes del alba. Era la mañana del miércoles 11 de enero. La noche anterior, mientras se llevaban a cabo los preparativos para tomar el pueblo, los dirigentes del sindicato habían intentado evitar alertar al cuartel de la guardia civil. Ahora no se podía ocultar el ruido de la insurrección. María Silva, la Libertaria, su amiga Manuela Lago y Gallinito tomaron la bandera rojinegra que colgaba en el centro obrero y desfilaron por la población. (…)

Los manifestantes buscaron primero algún objetivo oficial. No había ayuntamiento para asaltar; los archivos del pueblo y el registro de tierras estaban en Medina Sidonia. A cambio, los campesinos asaltaron la habitación donde se guardaban los recibos de los arbitrios. Los documentos no eran importantes, pero era un símbolo del gobierno, y los campesinos sacaron los papeles y los quemaron.

Antes del amanecer, el alcalde del pueblo, Juan Bascuñana Tudillo, recibió una visita de los revolucionarios. Bascuñana, zapatero, era miembro del partido radical, pero su hermano estaba afiliado a la CNT. (…)

Juan Monroy:

“Se ha declarado aquí el comunicsmo libertario. Diga a los guardias que no salgan de los cuarteles, porque están rodeados. Si los guardias no abandonan los cuarteles, no pasará nada.”

(…) Bascuñana transmitió el mensaje de permanecer dentro de los cuarteles, pero los anarcosindicalistas rápidamente se dieron cuenta de que el sargento no iba a perder su honor.

(…) Tan pronto como salió el alcalde, el sargento Álvarez intentó telefonear a Medina, pero descubrió que habían cortado la línea. Para determinar la seriedad de la situación, el sargento y dos guardias hicieron una ronda de reconocimiento por la parte posterior de los cuarteles. (…) Los hombres apostados tras la pared de la casa de los Espina habían tomado el reconocimiento de la patrulla armada como un desafío.

Cristobal:

Cuando los guardias García y Salvo salieron del cuartel, llevaban sus fusiles en la mano. Sebastián y yo les disparamos, pero fallamos (…)

De hecho, los campesinos habían dado en el blanco. El ligero disparo, sin embargo, no pudo penetrar las gruesas capas de los guardias. (…) Los guardias se retiraron rápidamente al cuartel y subieron al segundo piso, desde donde disponían de una buena vista a la calle. El sargento García se apostó en la ventana delantera con su fusil, mientras el guardia Román García Chuesca observaba por encima de su hombro en busca de los hombres ocultos tras la pared a medio construir que les habían disparado. Eso resultó un error fatal para ambos. (…)

Los dos guardias había recibido heridas mortales en la cabeza. El sargento cayó inconsciente y moría al día siguiente. El guardia García Chuesca, herido en un ojo, falleció tras ser operado varios días después. (…).

La recuperación del pueblo

Después del primer intercambio de disparos, hubo silencio. Los dos guardias restantes, Pedro Salvo y Manuel García Rodríguez, se retiraron de la ventana. No podían pedir refuerzos, porque la línea telefónica con Medina había sido cortada. En ese momento, sin embargo, las acciones tomadas por los anarquistas empezaron a descomponerse.

A las ocho de la mañana durante el asedio del cuartel, la operadora de teléfonos de Medina Sidonia informó que había quedado cortado el servicio a Casas Viejas. El camión del correo que debía salir de Casas Viejas no pudo cruzar la zanja recién abierta, y tampoco había llegado a Medina. Sobre las diez se envió a un mecánico de la telefónica a investigar, acompañado de tres guardias civiles. Justo a las afueras de Casas Viejas, el mecánico descubrió el lugar donde se había roto el cable. Al detenerse el coche, cuatro hombres que estaban escondidos tras varios cactus intentaron escapar, pero fueron aprehendidos por los guardias civiles. El mecánico restableció rápidamente la comunicación con Medina: “Avise a Medina de que envíe refuerzos policiales a Casas Viejas, porque ha sucedido algo desafortunado” (Declaración de Francisco Muñoz Rivera, Medina Sidonia, 21 de marzo de 1933. Archivos de la Audiencia Provincial de Cádiz)

Cuando se esparcieron las noticias de la captura, Juan Sopas, asustado y percibiendo que el fin se acercaba, se dio a la fuga recorriendo a pie los cincuenta kilómetros que separan Casas Viejas de Cádiz. (…)

El pueblo estuvo en calma hasta las dos de la tarde. A esa hora una patrulla de doce guardias civiles de Alcalá llegaron a las afueras del pueblo bajo las órdenes de un sargento llamado Anarte. Dejaron el camión en lo alto del cerro y entraron en Casas Viejas corriendo a toda velocidad, disparando al aire con sus fusiles. (…)

Los campesinos se esparcieron por caminos que llevaban fuera del pueblo. Algunos corrieron a su casa, deteniéndose sólo el tiempo necesario para conseguir provisiones antes de escapar a escondites distantes para evitar que los tomaran prisioneros. Dos guardias civiles habían quedado heridos de muerte, y sus compañeros se ensañarían con todos los que cayeran en sus manos.(…)

Algunos –insensatamente, según se vio- buscaron seguridad en sus hogares, en vez de escapar a las montañas. Manuel Quijada, Miguel y Sebastián Pavón y la familia de Seisdedos regresaron a sus chozas y permanecieron allí. (…)

No hubo más incidentes y el pueblo estuvo en calma durante tres horas. Con su reducida patrulla, el sargento Anarte tenía absoluto dominio sobre Casas Viejas.

A las cinco de la tarde, una patrulla de doce guardias de asalto y cuatro guardias civiles llegó a San Fernando bajo las órdenes del teniente Gregorio Fernández Artal. El teniente, que el día anterior había viajado de Sevilla a San Fernando, a las tres de la tarde había recibido las órdenes de continuar hacia Casas Viejas y tomarla bajo control. (…)

La patrulla del teniente Artal se unió a la del sargento Anarte. Bajaron la bandera anarquista que colgaba en el sindicato y alzaron la bandera nacional que les había proporcionado el maestro de la escuela. El teniente ordenó a los habitantes que abrieran las puertas y que volvieran a sus actividades cotidianas. Con ayudada de los dos guardias civiles supervivientes, Pedro Salvo y Manuel García, el teniente Artal empezó a buscar a los rebeldes que permanecían ocultos en el pueblo. Al estar tenso y receloso, trataba a los campesinos con dureza. (…)

El teniente Artal se informó del nombre de uno de los revolucionarios de boca de dos de los guardias civiles locales supervivientes: Manuel Quijada, a quien habían visto situado detrás de los cuarteles. (…)

Prendieron a Manuel en su casa. Los guardias también tomaron prisionero a su cuñado por poseer una escopeta cargada. Golpearon a ambos con el fin de enterarse de las otras personas involucradas en la rebelión. (…)

Manuel cayó al suelo, y los guardias le dieron patadas hasta que, tambaleándose, se puso de nuevo de pie.La mujer de Manuel, que estaba esperando su primer hijo, les rogó que lo dejaran, pero los guardias la golpearon con sus porras. Uno o ambos de los capturados identificaron a algunos de los que habían rodeado los cuarteles.

La familia de Seisdedos estaba ahora seriamente implicada. Perico Cruz había estado con Quijada tras los cuarteles. Jerónimo Silva había estado apostado enfrente de los cuarteles, posición desde la que podría haber hecho los mortales disparos. Quizá paco Cruz fue también identificado. Los guardias civiles locales supervivientes sabían que Perico y Paco Cruz vivían con su padre y que Jerónimo Silva vivía cerca de allí. Era probable que los tres hombres estuvieran juntos en la choza de Seisdedos. Los guardias guiaron al teniente y a sus hombres a la Calle Nueva.

El asedio

La choza de Seisdedos estaba situada en un pequeño corral que sobresalía en la parte inferior de la calle Nueva. El tejado de paja y caña de la choza descansaba sobre paredes de barro reforzadas con piedras. Una sola puerta daba a la calle. (…)

La pequeña choza cobijaba a seis personas: Seisdedos y sus dos hijos, Perico, de treinta y nueve años de edad, y Paco, de treinta y seis, ambos solteros; Josefa (“Pepa”) Franca Moya (la viuda del hijastro de Seisdedos) y sus dos hijos, Francisco, que entonces tenía dieciocho años, y Manolo, que tenía casi trece. (…)

Nadie sabe con certeza por qué los hombres no habían escapado con los otros cuando los guardias civiles recuperaron Casas Viejas. José Monroy especulaba que “los que estaban en la choza creían sin duda alguna que todos estaban todavía en el pueblo. Pero todos habían huido al entrar los guardias.”

Es posible que los hombres pensaran que el levantamiento estaba todavía en proceso. O quizá creyeron que era inútil escapar, que su destino había quedado sellado por su papel en el ataque al cuartel; quizá Jerónimo había matado al sargento y al guardia. (…)

Se ordenó a uno de los guardias civiles que abriera la puerta a la fuerza con su mosquetón. Inmediatamente se apartó a un lado para dejar paso al guardia de asalto Martín Díaz. Al entrar Díaz en la choza, recibió una descarga de escopeta y cayó muerto en la entrada. El disparo resonó en la calle, y el teniente Artal mandó a sus hombres que retrocedieran al otero que tenía vista a la choza. (…)

El teniente Artal gritó a la gente de la choza que saliera con las manos en alto, asegurándoles que no les harían daño. Pero los hombres no se entregaban. Hubo un intercambio de disparos, en el que el guardia de asalto Magras fue herido y aislado de sus compañeros. No podían llegar hasta él para ofrecerle ayuda. Sabían que los campesinos eran tiradores expertos y no se atrevían a asomarse.

Los de dentro no tenían escapatoria. La puerta que daba a la calle estaba cubierta por los guardias. La ventana posterior era demasiado pequeña incluso para que un niño pasara por ella. La choza misma no ofrecía gran protección. Sus paredes de barro y lasca no podían detener una bala de fusil, y una sola chispa podía prender fuego al tejado de caña

El teniente Artal no ordenó atacar la parte posterior, porque parecía que les disparaban desde varios lugares en un montículo cercano, además desde la choza. Había oscurecido, y no estaba familiarizado con el terreno. Los guardias civiles tenían rifles, pero los guardias de asalto sólo estaban equipados con armas cortas. Incapaz de organizar un asalto victorioso, el teniente Artal decidió intentar usar a sus dos prisioneros ( Quijada y su cuñado) para coaccionar a los rebeldes a que salieran. Por lo menos, podría enterarse de su número si el prisionero regresaba. Envió a Manuel Quijada, que todavía estaba esposado y magullado de la paliza que había recibido.(…)

El aspecto ensangrentado de Manuel Quijada dio a entender a los campesinos lo que podían esperar de los guardias si es que no le mataban a tiros al salir d ella choza. Cuando forzaron a Quijada a unirse a ellos, los hombres supieron con certeza que casi todos los demás habían huido y que el pueblo había sido reconquistado.(…)

Incapaz de desalojar a los hombres con su reducida patrulla, el teniente Artal determinó que necesitaba refuerzos para capturar la choza. (…)

A las diez de la noche llegaron dos cabos con granadas de mano, rifles, una ametralladora, y guardias de asalto adicionales. Por entonces se habían añadido a la patrulla de Artal veinte hombres bajo las órdenes del teniente de la guardia civil García Castrillón. El delegado del gobernador, don Fernando de Arrigunaga, también había llegado a Casas Viejas.

El asalto se intensificó.(…) Cuando el teniente Artal ordenó detener el fuego y pidió a los defensores de la choza que se entregaran, la réplica fue una descarga de perdigones de escopeta que hirieron levemente a dos guardias que estaban junto a Artal. Se renovó el ataque, pero sin éxito. Los dos tenientes, tras discutir sobre el asunto, decidieron posponer el asalto hasta la mañana. La oscuridad y la excelente puntería de los campesinos auguraban demasiadas muertes. Sin embargo, su decisión sería pronto revocada.

La masacre

En Madrid, el 10 de enero, el día anterior al alzamiento de Casas Viejas, se ordenó al capitán Manuel Rojas Feijespán y al teniente Sancho Álvarez Rubio de los guardias de asalto que llevaran una compañía de noventa hombres a Jerez de la Frontera para acabar con la violencia anarquista. Después de haber viajado toda la noche en tren, la compañía pasó el 11 de enero patrullando las calles de Jerez y ayudando a cerrar algunos centros obreros.

A las siete y media de la tarde, el capitán Rojas recibió una llamada telefónica del director general de seguridad Arturo Menéndez en la que éste le ordenaba continuar inmediatamente hasta Casas Viejas. Las órdenes exigían acción rápida e incondicional para deponer el alzamiento que ahora estaba centrado en la choza de Seisdedos. (…)

El capitán Rojas se quejó de que sus hombres no habían descansado ni dormido durante las últimas cuarenta y ocho horas. Estaban exhaustos de los efectos del viaje en tren de Madrid a Jerez y de la tensión continua en las calles de esta última ciudad. El director general Menéndez se mantuvo intransigente: “No importa…Es urgente terminar con rapidez”.(…)

Era bastante después de la medianoche cuando Rojas y sus hombres llegaron a Casas Viejas y se enteraron de boca del teniente Artal de la resistencia existente en la choza y de los heridos y muertos. Los guardias no podían acercarse sin recibir disparos de los campesinos que estaban apostados arriba tras la chumberas.

Pepe Pilar:

Disparamos a los guardias que entraron por la calle. Treinta o cuarenta de nosotros estabamos esparcidos por entre las chumberas (…)

El teniente Artal informó a Rojas que habían pospuesto un asalto final hasta la mañana para evitar más muertes.

Teniente Artal:

A ello respondió el capitán Rojas que había que tomar la choza aquella misma noche, costase lo que costase, porque tenía órdenes severísimas, incluso de aplicar la Ley de Fugas (…)

Rojas gritó a los rebeldes que estaban en la choza:

Exhorté a los que la ocupaban a rendirse, y se nos contestó con insultos soeces y nuevos disparos, arreciándose entonces la resistencia y el fuego contra la fuerza pública.

Las paredes de barro y caña no protegían de las balas de rifles y ametralladoras. Algunos de los ocupantes cayeron pronto. (…)

Aunque Seisdedos y Perico estaban muertos, aún no se percibían señales de rendición dentro de la choza.

(…) Fernando de Arrigunaga recibió un telegrama del gobernador reforzando el mando de Rojas. El telegrama, que fue entregado a Rojas, decía: “Es orden terminante ministro de la Gobernación se arrase casa donde se han hecho fuerte los revoltosos”.

El capitán Rojas ordenó entonces incendiar la choza. Empaparon algodón con gasolina y lo usaron para envolver piedras. Se volvió a invitar a los rebeldes a que se entregaran, pero sin resultado alguno. (…) Las llamas saltaron al tejado de la choza de Seisdedos, prendiéndola al instante. Los que estaban dentro solo dispusieron de unos momentos para decidir si escapar o no. Mientras el fuego aumentaba, los guardias continuaron disparando a la entrada.

Manolo García:

Todavía era de noche cuando incendiaron la choza. Así que el tejado empezó a arder, María (La Libertaria) y yo salimos afuera corriendo. (…)

El fuego consumió los cuerpos de los hombres que habían estado involucrados en el ataque a los cuarteles: Jerónimo Silva, Perico y Paco Cruz y Manuel Quijada. Junto a ellos yacían muertos Seisdedos y su cuñada Pepa Franca. Más allá de la entrada estaban los cuerpos de Francisco García Franca, el hijo de dieciocho años de Pepa Franca y Manuel Lago, la amiga de La Libertaria, de diecisiete años, a quienes habían matado mientras trataban de escapar, Junto a la entrada se hallaba el cuerpo calcinado de Martín Díaz, el guardia de asalto que murió cuando intentaba entrar en la choza. La burra yacía en el corral muerta por los disparos destinados a los que intentaron escapar por la puerta. El guardia de asalto herido, Fidel Magras Corral, que había permanecido toda la noche en el patio, fue entonces rescatado. (…)

Había terminado toda la resistencia en Casas Viejas. Los guardias civiles y los de asalto bajaron a la plaza antes de disponerse a partir. No había habido ningún herido en la compañía de Rojas, pero algunos encontraron perdigones en sus capas. La puntería de los tiradores ocultos tras las chumberas había sido precisa, pero sus escopetas no eran adecuadas para tales enfrentamientos. Rojas y sus compañeros volvieron a la taberna que estaba frente a la plaza. Estaba a punto de amanecer el 12 de enero.

Rojas envió un telegrama al director general de seguridad para informarle de que habían destruido la choza: “Dos muertos. El resto de los revolucionarios ardió en llamas”. Añadió: “Continuaré arrestando a los líderes del movimiento, con cuyo objeto le mantendré sobre aviso a su debido tiempo”.

En el pueblo se concentraban ahora casi cien guardias, entre los civiles y los de asalto. Estos se retiraron a la plaza a descansar. Transcurrieron dos horas hasta las siete de la mañana, pero la tensión creada por la lucha de la noche, con su espantoso final, no había disminuido. Las emociones de los guardias pasaron “sucesivamente por estados de temor, abatimiento e indignación….”

Rojas dijo: “Habría que hacer un escarmiento”. Mandó a tres patrullas bajo las órdenes de los tenientes Artal, Sancho Álvarez y un oficial más joven, que registraran las casas y reunieran a los militantes más destacados. Debían arrestar a todo aquel que tuviera un arma en su poder. Los guardias civiles, incluyendo a Pedro Salvo y Manuel García, los dos supervivientes del asalto a los cuarteles, acompañaron a las patrullas. Rojas instruyó a sus hombres para que dispararan a todo aquel que se resistiera o se negara a abrir la puerta y en cualquier ocasión en que se sintieran amenazados.

Don Fernando de Arrigunaga notó la creciente agitación y excitación que invadía a los guardias. (…)

Los guardias de asalto apuntaron sus fusiles hacia dos hombres que estaban cruzando la calle, pero se abstuvieron de disparar gracias a un guardia civil, Rodríguez, quien les aseguró que era buena gente y no debían dispararles. Pero no hubo nadie que salvara a Antonio Barberán Castellar, un hombre de setenta y cuatro años, cuando los guardias de asalto le apuntaron en presencia de su nieto de trece años. Mientras cerraba su puerta, chilló: “¡No tiren, que no soy anarquista!”. Pero tres balas atravesaron la puerta, matando al anciano. (…)

En su batida por el pueblo, las patrullas detuvieron a los que encontraron, aconsejados por Salvo y García, los dos guardias civiles locales. Todos los que apresaron estaban en su casa con sus familias.

Pepe Pareja:

Eran inocentes y, sabiéndolo, no huyeron. Los guardias agarraron a quien pudieron. Los que habían participado en la rebelión se habían escapado.

(…) Una patrulla fue a la choza de Fernando Lago, el padre de Manuela, muerta a tiros, y lo arrestaron. Fernando fue la única persona arrestada que había participado en el levantamiento. Había disparado a los guardias en defensa de su hija, pero los guardias no se dieron cuenta de su papel: fue arrestado como los otros, por casualidad o gracias a las indicaciones de los guardias Salvo y García. (…)

En total arrestaron a doce hombres.

Al cabo de media hora, el silbato convocó a las patrullas. (…)

Fernando Arrigunaga acompañó a las patrulla mientras reunían a los prisioneros, algunos esposados, y los llevaban hacia la choza de Seisdedos (…)

Se ordenó a los prisioneros que anduvieran los pocos pasos que separaban la calle de la choza. A la entrada de las ruinas estaban los cuerpos de Manuela Lago, con sus ropas humeantes, el joven Francisco García, y el guardia de asalto Martín Díaz, cuyo cuerpo estaba medio consumido por el fuego. (…)

Según el testimonio del teniente Artal (El Sol, 23 de mayo, 1934):

…no advirtió nada anormal en Rojas cuando todos juntos se dirigían en unión de los detenidos. Dice que al pasar junto a la choza de Seisdedos vieron el cuerpo del guardia de asalto que cayó herido en la puerta, y de la que sólo existía la parte superior, la que aún ardía. El capitán Rojas dijo entonces a los detenidos: “Mirad lo que habéis hecho con un hermano nuestro. Pasad y mirad”. Y cuando los detenidos empezaban a bajar unos escalones que hay detrás del portillo oyó unas palabras de los detenidos, y el capitán Rojas en ese momento, con la pistola que llevaba en la mano hizo dos disparos y mandó hacer fuego, sonando una descarga…

Añade que inmediatamente marcharon a la plaza del pueblo: que Rojas estuvo hablando con ellos de lo que había ocurrido y dijo que había sido lamentable pero que era necesario. El testigo [Artal] le hizo ver que no estaba conforme con lo que había ocurrido.

El oficial médico de la guardia civil don Antonio Verdes de la Villa, ordenó a un guardia de asalto que rematara a los supervivientes pero el guardia, y luego otro no obedecieron sus órdenes. Don Antonio sacó entonces su propia pistola para dar a los heridos el tiro de gracia.

Las familias de los hombres detenidos, oyendo los disparos, corrieron a la choza. (…)

A las nueve de la mañana, don Federico Ortiz Villaumbrales, el doctor de Casas Viejas, regresó a la choza y encontró otros doce cuerpos, además de los dos cuerpos que yacían a la entrada y que había visto dos horas antes. No había armas junto a los cuerpos, por lo que era evidente que no habían muerto en batalla. (…).

Los tenientes Artal y García Castrillón regresaron a la plaza y manifestaron su disgusto por lo que había ocurrido. El capitán Rojas llegó y dijo a Arrigunaga que él era el que más lamentaba lo que había pasado, pero órdenes son órdenes. Rojas, sin embargo, aún no había terminado de castigar a la población. Pasó su encendedor al teniente Artal y le ordenó que prendiera fuego a más chozas. Artal apeló a Arrigunaga y le rogó que convenciera a Rojas de los inútil de la acción y del pesar que provocaría. Ante los ruegos de Arrigunaga, Rojas acabó desistiendo.

Los guardias se reagruparon, y Arrigunaga les dio las gracias, diciéndoles que habían llevado a cabo las órdenes del gobernador ( lo que más tarde el gobernador negó) Hubo un minuto de silencio por los muertos, que terminó con un viva a España y otro e la república. Los guardias civiles y los de asalto y sus oficiales subieron a sus camiones y se marcharon. El pueblo se quedó de repente en calma.

Los cadáveres de los asesinados habían sido conducidos al cementerio, donde los médicos les hicieron la autopsia. Los huesos calcinados de los que habían fallecido en el fuego yacían donde habían caído. (…)

Durante los diez días siguientes, los perros del pueblo desenterraron huesos de las cenizas de la choza y los acarrearon por todo el pueblo. Finalmente, recogieron los huesos y las cenizas restantes para enterrarlos en el cementerio, en la parte no consagrada.